Hay varias leyendas sobre Fermoselle, a medida que vaya recopilándolas las iré poniendo. De momento sólo tengo una, pero también vosotros podeis ayudar si sabeis o conoceis alguna otra.
La cigüeña de Fermoselle
Era la tarde de Viernes Santo, hacía un sol radiante, y todos los lugareños se dirigían a la iglesia tras haber repasado mentalmente el salmo que siempre le habían cantado al Cristo Descendido.
Las cigüeñas habían anidado más que nunca, y ya no sólo ocupaban el campanario de la iglesia o el de la ermita de Santa Colomba, también sobresalían nidos en muchos tejados de casas, pajares
e incluso en árboles altos.
Aquel año había vuelto el hijo de Simón, un raterillo que acababa de ser liberado de la cárcel y que también acudía a la llamada para acompañar en procesión al Santo Cristo, a quien tanto se habían encomendado en sus largas horas encerrado tras los barrotes de la prisión.
Por la mañana, todos habían colaborado pra preparar el Calvario donde también desde tiempo inmemorial se hacía una representación en la que se desclavaba el Cristo de la bendita cruz y era conducido por los asistentes en procesión hasta la iglesia parroquial.
Se habían cuidado todos los detalles, se habían sacado y abrillantado los floreros y se había sujetado la Cruz con el manto o sudario del Cristo, el cual serviría para descender el santo cuerpo una vez que fuera desclavado.
Sonaban las campanas de forma triste y acompasada, mientras se iban congregando los hombres y mujeres de la tierra, así como amigos y parientes que habían venido de los pueblos cercanos a acompañarlos en día tan señalado.
Cuando el sacerdote llegó revestido a la plaza donde se desarrollaba la ceremonia, comprobó con desasosiego que el mato de la Cruz, que había sido colocado horas antes en la misma, había desaparecido.
Todos los presentes, al ver la cara de asombro de su párroco, levantaron la vista anonadados, porque no sabían quién podría haber cometido tal robo.
Llegaba Simón por una callejuela que conducía a la plaza, y todos lo miraron con ojos acusadores. Iba satisfecho, preparado para cargar con la imagen y arrodillarse con ella, arrepintiéndose por su vida pasada.
Se quedó quieto en una esquina de la plaza, mientras un ligero murmullo se iba extendiendo y haciendo cada vez más fuerte.
El sacerdote, sin saber cómo descubrir al ladrón, mientras iniciaba la plática con la que se comienza la función del Descendimiento, maldijo al que había robado el manto del Cristo con estas palabras:
Todos dijeron amén, y el acto comenzó.
Simón fue uno de los que ayudó a desclavar el cuerpo maltratado de Cristo y ayudó a portar las andas de la Urna.
El pueblo no dejaba de mirarlo con aire acusador, pero el caminaba tranquilo, cantando el salmo que desde pequeño había aprendido de sus padres y que tanto le ayudará a sobrellevar la soledad de su encierro.
De pronto, todas las cigüeñas del pueblo comenzaron a sobrevolar la comitiva y desaparecieron por el horizonte, sin que nadie supiera explicar el por qué.
Al llegar a la iglesia, comprobaron todos que la capa pendía del campanario y salía desde el nido de las cigüeñas.
Desde aquel año, y de esto hace ya mucho tiempo, no ha vuelto a anidar ninguna cigüeña en Fermoselle.
El cura hizo que Simón se situara al lado derecho del Cristo, como el buen ladrón de la historia evangélica, y que todos aquellos que hubieran dudado de él pasaran por delante inclinando la cabeza como señal de respeto.
Todo el pueblo realizó dicha ceremonia, y desde aquel día nunca volvieron a dudar de ningún hombre por muy oscuro pasado que tuviese.
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